Disfrutar de un paisaje

No pocas veces recibo el mismo consejo: disfruta de un paisaje. Siempre he tenido cierta dificultad para apreciar determinadas cosas, especialmente la naturaleza. La idea de un paseo a través del bosque tan abrupto de estas islas, de un bosque tan plagado de sensaciones que ya he vivido, cuajado de indelebles recuerdos de una infancia infeliz, me hace rechazar siempre de antemano cualquier salida al campo. Sin embargo, lejos de aquí, de este territorio que —ignoro cómo exactamente— me expulsa una y otra vez, no sólo soy capaz de perderme durante horas por los campos de Soria o por las yermas y heladas llanuras de Teruel; soy capaz hasta de desear otro bosque frondoso, como éstos, de meterme en sus entrañas ignotas, de atravesarlo para experimentar un placer que aquí es imposible. Por las carreteras de esta isla, en dirección Norte, camino de alguno de los paisajes que me han sido recetados tantas veces, mastico una decepción prácticamente instantánea, y eso hace que no pueda disfrutar ni un ápice de aquel mirador que se alza sobre el Valle, que se me seque la garganta y apenas pueda respirar un aire tan puro, que me apetezca subir al coche para marcharme sola, dejando a mis acompañantes en su éxtasis incomprensible, deleitándose con la contemplación del ridículo cementéreo en el que sin quererlo atisbo, allá abajo, la casa abandonada de mi abuela y enseguida, más allá de un dolorosísimo jardín botánico, tal vez su diminuto sepulcro entre otro bosque, éste de hoteles aún más rancios que sus huesos.


About this entry