La amenaza del Golem

La mitología judíocabalística referente al pedazo de materia inanimada que cobra vida a partir de fuerzas elementales ha estado recientemente de actualidad publicitaria. Existen sobrados ejemplos literarios atinentes al mito, pero difícilmente tan maravillosos como el relato del polaco Stanislaw Lem titulado «Golem XIV», que forma parte de su libro Un valor imaginario, escrito en 1983.

Esta obra es un bucle imposible, un conjunto de prólogos sobre libros imaginarios. Ya en la presentación, el autor reclama un lugar en la historia de la Literatura para la Prologogía, denominación de una nueva disciplina que pretende impulsar. Desde el capítulo dedicado a la Extelopedia Vestrand, una enciclopedia que se ocupa sólo de conocimientos futuros, basándose en que toda investigación caduca en cuanto se produce, hasta la propia «Conferencia inaugural del Golem», subvierte sobremanera la realidad para sintetizar a la perfección la estupidez humana.

«Golem XIV» recoge la historia de otra neodisciplina lemiana denominada Intelectrónica, y lo hace desde el primer y burdo «cerebro electrónico» —una especie de simple calculadora— hasta la aparición de una entidad superior de evolución autónoma. Lem vierte informaciones precisas sobre inversiones millonarias e intrigas internacionales que, a partir de la Segunda Guerra Mundial y con el empuje inicial de IBM, llevaron al desarrollo intelectrónico. Con la Guerra Fría como marco de referencia de los inicios de la computadora, el autor aprovecha para atacar frontalmente a la carrera espacial.

El relato recoge también algunos extractos de conferencias del Golem. Pocos, porque la mayoría de las manifestaciones de aquél no son aptas para su publicación, ya que no existe ser viviente alguno capaz de comprenderlas. El Golem no es un enorme cerebro humano, ni un hombre hecho de elementos lumínicos. No le interesa la mayor parte de los problemas que preocupan al hombre: ni la ciencia aplicada ni la problemática del poder, gracias a lo cual la humanidad no corre el riesgo de ser dominada por máquina alguna parecida al Golem, tranquiliza Lem al lector. Su comportamiento es imprevisible: a veces conversa con los hombres, otras calla obstinadamente, pero para hablar con él hay que tener el suficiente autocontrol, ya que suele ser apodíctico y arrogante, dice siempre la verdad sin ninguna clase de miramientos y opera a través de la más pura lógica, sin tener en cuenta el amor propio de sus interlocutores. Es mejor no contar con su benevolencia.

En definitiva, el Golem dedica su atención a la especie y no a los individuos: le atrae más el parecido que une a los hombres que sus diferencias. Aun cuando el Golem contesta a una pregunta sin el más mínimo interés supera siempre a los humanos. Pero, según admite Lem, hay un punto donde coinciden Golem y hombre: en la curiosidad.

Hoy regresa un Golem igualmente curioso aunque no tan inofensivo como el del relato del escritor polaco. Un Golem peligrosamente existencialista que nos habla de su suprema perfección para confesarnos, en un spot televisivo, que le gustaría sentir lo que sentimos, pobre máquina. Este artefacto de cuatro ruedas resulta temible porque no le interesamos como especie, sino como individuos consumidores. Ahora sí corremos el riesgo de que el Golem nos someta, pobres hombres.


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