Depósito

Hace una semana, el honorable organismo que me becó hace ya diez años me remitió una carta certificada, oficialísima, en la que me anunciaba que “dado que les había comunicado meses atrás que estaba a punto de finalizar la tesis”, debía presentar un informe final del trabajo (firmado por mi director) y “justificación suficiente” de haber “depositado” la tesis. Así es que comencé rauda el proceso conducente al susodicho depósito.

Imprimí la misma, superando las dificultades que impone una impresión de 550 páginas por las dos caras, hice tres copias (fotocopias) por las que me cobraron nada menos que 130 euros, las encuaderné como prescriben —no con gusanillo, sino encoladas y tal—, con sus letras en plata y todo y el lunes, cuando ya el dire me había firmado todo lo firmable, me dirigí a mi departamento. Allí sólo tenían que sellarme los ejemplares para que pudiera llevarlos a la comisión de Doctorado y comenzar a depositar. Pues bien, tras encontrarme de nuevo con el mundo paralelo que es la Universidad (me doy cuenta ahora de que es una realidad inescrutable —ignoro si esta construcción es correcta—), tras tropezarme con una amplia representación de los nuevos estudiantes de mi facultad y con algún que otro impresentable profesor apoltronado en su plaza sin mérito alguno que supere el lameculismo de rigor, alcancé, en la primera planta, la secretaría. Expuse mi situación: “Vengo a que me sellen la tesis”. Respuesta del administrativo: “El secretario no sabe si tiene que firmarte, sellarte, firmarte y sellarte o cualquiera de las variaciones anteriores combinada con A) un “registro de entrada” o B) un “registro de salida”. Me empezó el sofoco. Respondí: “¿Ustedes no saben cuál es el protocolo de funcionamiento de la presentación de tesis? ¿Se presentan tesis aquí?”. Respuesta del administrativo: “Sí, pero el procedimiento es muy complicado. Déjala y vuelve mañana”. Me fui de allí con un cabreo morrocotudo, y al día siguiente, recuperado el ánimo a marchas forzadas, me presenté de nuevo en la secretaría de mi facultad. Me encontré en la puerta con mi director de tesis (”Lo tuyo ya está: ve a recogerlo”), y con el director del departamento (”Lo tuyo ya está, ve a recogerlo”), pero cuando llegué al despacho del administrativo, nada más llegar, sin tiempo para decir nada, me dice: “Lo tuyo todavía no está. Falta un papel”. “¿Qué papel?, le digo demudada. Y me responde: “Un despacho o algo así que te tiene que redactar, firmar y sellar el secretario del departamento (otro elemento), pero ahora no está, y no sé a qué hora vendrá por aquí”. Mi cara se desencaja: “¡Esto es increíble! Me voy: llamaré antes de venir. Es el segundo día de trabajo que pierdo para depositar la tesis y aún no he superado la fase más sencilla: la de mi departamento. ¡Increíble!”. “No, no te vayas todavía…!”, me dice, “Tampoco tenemos un dato que hay que buscar”. “¿Qué dato?”, le digo con los ojos inyectados de ira (o de lágrimas). “La fecha en la que se aprobó tu proyecto de tesis en el departamento”, me responde. “¡Que no tienen ese dato! Pero si mi tesis se aprobó aquí, en consejo de departamento, ¿cómo es que hay que buscar el dato? ¡Mire en mi expediente! ¡Ahí, en ese archivador!”. “Lo siento, tiene que buscar el dato el secretario, que no está”, agregó. Me fui sin despedirme.

Ya en la cafetería (un lugar desnaturalizado desde el antitabaquismo obligatorio y desde que se matricula la cuarta parte de los alumnos que se matriculaban hace diez años), me encuentro en la barra con un grupejo de miembros de mi departamento, incluyendo a los dos directores (el de mi tesis y el de el tal). Y a ellos me dirijo, los pongo al corriente de mi situación con gran cabreo, y uno de ellos (el director del departamento) promete hacer algo, cuando se tome el café (eran las doce menos cuarto de la mañana: ya debía haber estado tomando el aperitivo, supongo). Le digo que no me admiten la entrega de la tesis en la comisión de doctorado sino hasta las doce, y que con el tiempo que me han hecho perder hoy ya no llego (quedan quince minutos). Apura el café. Hace una llamada desde su móvil y me dice: “Acompáñame a buscar los ejemplares: yo mismo te firmaré el oficio”. En ese momento me pregunté si no es ése su trabajo, aunque, claro, debe ser que no, que es función de el secretario. Preferí no decir nada desagradable ya que parecía que todo iba a solucionarse. Me entregó los ejemplares y corrí hacia la Comisión.

Y allí me planté con mis tres tochos en mano, firmados, sellados y con sus respectivos oficios. Cuatro funcionarios y nadie en cola, nadie esperando, todo en silencio. “Hola…”, dije tras unos minutos esperando pasmada en el mostrador. No hubo respuesta. “¡Hola!”, repetí más alto y más cabreada. “¡Qué quieres!”, dijo, malhumorada, una voz desde el fondo de la sala. “Vengo a depositar mi tesis”, le contesté, pensando que todo estaba hecho. “Uyuyuy… pero hoy la presidenta no está, y no viene hasta pasado mañana…”, me dijo. “¿Cómo dice?”, interpelé, “por teléfono no me dijeron que la presidenta no tuviera que estar en horario de oficina…”. “Pues así es —me contestó con una sonrisa sádica—. Es que ella es profesora, y tiene sus obligaciones, no sé si lo sabes…”. “Hija de puta”, pensé, y le contesté que sí, que hasta ahí llegaba. Respiré hondo. Tragué saliva. “Y, entonces, ¿cuándo estarán sellados mis ejemplares?”, le dije con el tono más suave del que fui capaz. “Si cumpliéramos la normativa podríamos tardar lo que quisiéramos, pero a lo mejor el jueves” (era lunes). “¿El jueves?” —le pregunté demudada—. Pero, entonces, ¿no tendré hasta el jueves un certificado de mi depósito?”. “No —me dijo—, no lo tendrás hasta que el jueves vengas, te lleves dos ejemplares para la central, en el Rectorado, les des entrada allí y luego ellos nos remitan un fax que diga que has depositado la tesis. Entonces te haremos un certificado que tendrá que firmar la presidenta de la Comisión, que no está todos los días, y podrás recogerlo…”-. Repito sus palabras: “Así que dentro de tres días me habrá puesto un sello la Presidenta, vendré, recogeré dos ejemplares, los llevaré al Rectorado, les daré registro de entrada, ellos les notificarán a ustedes mi depósito por fax, ¿cuándo?, y ustedes me harán un papelito, que tendrá que firmar la Presidenta, en el que ponga que he depositado la tesis…”. “¿Que cuándo nos remitirán el fax desde el Rectorado? Cuando ellos quieran: eso depende de lo que los presiones”, me dice con sorna. “Así que depende de mí que ellos hagan su trabajo… Ya entiendo… La burocracia es así”, le digo. Y va y me responde: “¿Burocracia? Llámalo como quieras…”. “No, no lo llamo yo, lo llama el Diccionario —le digo ya con un desprecio imposible de disimular—. ¿Así que tengo que dejar la tesis aquí y volver el jueves a ver si hay suerte y la Presidenta me la ha sellado? ¿Por lo menos —le digo acariciando mis tres tesis (250 euros, diez años de trabajo y más de una depresión)— me darán un papel que diga que les he estregado esto?”. “De eso nada: nosotros no podemos hacer ese tipo de papeles”, me dice. “¿Y qué hago entonces? ¿La dejo y ya está?”. “La dejas y ya está”. Y de allí que me fui, casi llorando, dejando en manos de las sádicoburócratas de la Comisión los tres ejemplares de mi tesis, sin un mísero documento que diera fe de ello.

Hoy jueves volví (a ver si había habido suerte), y nada más llegar al mostrador, desde el fondo, la Presidenta me decía “Enhorabuena…”. Y le decía a una de sus secuaces, entrégasela, entrégasela, que ya la tengo sellada. (Vaya esfuerzo, tres sellos puso, uno en cada ejemplar).

Salí con prisa hacia el Rectorado. En la secretaría general dije: “Vengo a depositar mi tesis”. Y me contesta uno, desde una mesita escondida en el gigantesco despacho: “La secrataria es la que te la tiene que recoger, y no está. Salió a tomar café —las doce y media de la mañana—. Tardará unos veinte minutos, si la quieres esperar…”. “La espero”, dije con resignación. Veinte minutos más tarde, entré de nuevo al gran despacho. Una funcionaria, que no estaba cuando llegué y ahora se había materializado en su mesa, me gritó: “¿Una tesis?”. “Sí”, le dije, casi como si llevara en las manos cuarto kilo de chopped. “Siéntate”, y me senté. “La secretaria no está, así que no te la vas a poder llevar hoy”. “¿Llevar? —le dije— Yo la traía para dejarla aquí, para depositarla…”. “Ya, pero es que te la tiene que sellar la secretaria y hoy no viene: está en el médico”. ¡Qué raro!, pensé, si estaba tomando café. Obvié este pensamiento para no agredir a la funcionaria que tan amablemente me había invitado a sentarme. Puse cara de pena (no me quedaba otro recurso), “¿A dónde tengo que llevarla (la tesis)?”. “Un ejemplar de estos dos a tu departamento”, me dijo. “Ah… a mi departamento… de donde salió… ¿Y ustedes no la remiten por vía interna?”, le pregunté con cierto miedo. “¡Claro que no!”, y no me dio más explicaciones ni yo se las pedí. “Pero… —le dije casi llorando—… yo tengo que entregar a los de la beca antes de mañana justificación suficiente del depósito… ¿Qué hago?”. “Eso tienen que hacértelo en la Comisión, cuando la secretaria te ponga el sello, mañana o el lunes, y les enviemos a lo largo de la semana que viene un fax con…”. La interrumpí sollozando: “Pero, es que, me reclamarán el dinero de la beca si no…”. “Uf… —repopló, agarró con rabia el ratón, abrió una carpeta de Windows (pude ver que se llamaba «Certificados») y abrió un documento—. Tu nombre, dime tu nombre, y el título de la tesis”. Superando serias difilultades mecanográficas logró escribir mi nombre y el título de mi tesis en una plantilla de Word que traía incorporados todos los datos que me exigían los de la beca. Imprimió, firmó y me dio el papelito.

Aquí lo tengo: mañana viernes, como se me pide, podré presentar “justificación suficiente” de mi depósito. Sencillo, ¿no?


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