Pronósticos

Mañana seguiré pendiente de lo que opinen de mí. Seguiré pensando que sé (que casi estoy segura) que casi nadie piensa nada bueno. Y me torturará la idea de que he hecho algo mal, de que he cometido algún error irremediable. Y aunque no sabré de qué se trata —éste es el quid—, sostendré sin dudarlo que mi fallo se produjo.

Sé que mi pronóstico se fundamenta en una especie de «cuestión de fe», porque sé que mañana seré capaz de creer sin evidencias, como San Anselmo. Sabré que «algo pasa», que «hay algo que no he hecho bien», «algo que he dicho y no debí decir». Mañana, entonces, seguiré creyendo que valgo únicamente «mi precio de mercado». Creeré de nuevo, con firmeza, que tengo «un precio de mercado que no es otro que el que los demás me marcan».

Hoy, sin embargo, a pesar de que mantengo este pronóstico, tengo una duda: tal vez «los otros» ni siquiera tengan una opinión precisa de mí; quizás no juzguen mis actos; probablemente no malgasten su tiempo «valorándome». Hoy creo —de verdad— que no cotizo, y que lo que los demás piensan de mí son meras banalidades, expresiones superficiales que vuelan, pájaros que pasan. Que soy yo quien marca las pautas del mercado en el que mañana creeré cotizar; que soy yo esos fantasmas que materializaré en «quienes me rodean»; que me juzgo como no me juzgará nadie nunca; que no debería perder mi tiempo en estas lides, porque nadie lo pierde. Que toda la presión exterior que me mueve, que me daña, que me pone listones, es sólo mi autocrítica, mi sádico y muy personal mecanismo de distorsión de la realidad.

La realidad. La realidad que construyo a base de estúpidos pronósticos. Hoy ninguno de «los otros» estará perdiendo su domingo a base de elucubrar censuras o elogios para mí. Y yo, mientras tanto, aquí, ultimando mi quiniela. En el pleno al quince: «Fracaso-Ego»; marco «1» con mi equis, sabiendo que (otro pronóstico) volveré a arrepentirme el domingo que viene.


About this entry