Puntos suspensivos

15/09/2001

Y como soy casi un pedazo de carne inerme que no se duerme más que detrás de los ojos cerrados por el sueño… (Odio esos puntitos, tres, seguidos, carrerita de hormigas insignificantes que quieren expresar lo que no pueden las palabras o lo que pocas palabras no pueden y necesitaríamos para ello explicaciones y explicaciones, contenedores llenos de palabras, toneladas de palabras para que se nos entendiera, siquiera mínimamente, para que se pudiera al menos dar una mínima forma a la silueta de lo que queremos decir, escribir.) Otro trago de cerveza. No conozco las alternativas. Soy incapaz de verlas, imbuida en una ceguera sentimental nociva, destructora, demoledora y no sé si irreversible. Tristeza pura. Sin rabia, sin resentimiento, o tal vez con una rabia que tampoco detecto. Una actitud patética, un ir y venir sin saber adónde, un sucederme en círculo. (Vaya imagen imposible: ¿cómo podría sucederme así? Si pudiera sucederme sería en una línea, en una actitud vital consecutiva, pero como vuelvo y vuelvo quizá no me esté sucediendo sino reiterando. Caigo, me levanto y vuelvo a empezar.) 1995:    

En una mesa del fondo la muchacha de negro lee

 

Ni de negro, antes sí. ¿Y será que no me circundo y que por eso me lleno de dolor? ¿Será que no logro regresar al mismo puerto? Heráclito. Ésta no es siquiera una imagen literaria. Ni sé escribir ni tengo otra mitad ni trabajo ni casa propia o huequecito. Gasto más de lo que gano. Quienes me importan habrán perdido la confianza en mí. Y, si esto es así, ¿por qué sigo tan cerca de ellos? Les demuestro que fracasé, que la jodí, que yo era un bluf y que ellos tenían tanta razón al dudar de mí… (De nuevo, las hormigas de la vagancia o la limitación.) El zarco se fue con su vida a otra parte y el homosexual con sus efebos. Yo me quedé, aterrada, temiendo no volver a saborear esas semillas alucinógenas.

No puede tener la culpa un olor, un sabor, ni siquiera un tacto o un sonido. Los sentidos no importan. Volver a volver a no ver. O me salen risas transparentes o penas muy negras. Todo no se ha escrito. Estoy tan deteriorada que o a) no he dado con la lectura precisa o b) nadie se molesta en escribir bobadas. Me decanto por la be, pero discúlpame, dios del conocimiento infinito, no me castigues más, aleph de barra de bar o de biblioteca británica. Ten calma, que se me pasará ¿cuándo todas las flores sean ungüento?

Renuncia a algo. No se puede vivir sin renunciar. Tal vez, si se pudiera o, mejor, si lo intentáramos, se nos derramarían por las yeclas de las manos un millón de millones de posibilidades. Entonces, acabaríamos fracasando en el loable intento de vivir-en-libertad. Perdón, se me ha atragantado una palabra (no cabe, se atora en mi gaznate). Dios de los que todo lo asimilan, discúlpame. Ten piedad de mí, dios de los jugos gástricos y la saliva, pero dame un respiro que ahora no tengo aire, no tengo air. Mi historia de hormiguita me tortura. Pero, ¡cómo me torturaría la Historia si de verdad pensara en ella! Qué patetismo éste, entre literario y escenográfico, ¿no crees, dios de las cosas ínfimas? Cuando me detengo en lo que parece que me importa (“el amor”, le dije a A. el otro día), me doy cuenta de que me topo con otra palabra atragantante, y ya son dos en media cerveza. Y luego me doy cuenta de que lo que me importa ni siquiera me importa tanto. Constato que el hecho de que propague que me importa es más una attitude. Veo, desde el núcleo de mi eterna performance, que no es más que un clavo que, por suerte, ha dejado de arder. Sin embargo, en su cabeza se ha quedado un girón de mi piel (un resto de tostada con mantequilla en la plancha metálica), así que habrá que tirar de la tela o usar el estropajo. Lupa y bisturí, por favor, que el pedazo es muy pequeño.

Andaba renunciando, ¿no es así? Entonces, supongamos que de una vez por todas me he dispuesto a crecer, a madurar y, por lo tanto, a asumir que debo renunciar a ciertas cosas. Tocaría elegir (qué duro es elegir) a qué renunciaría primero. Instantáneamente me adentro en los problemas derivados de tal planteamiento al que, superficialmente, suelo referirme como “Axioma de la selección”. Me surge una pregunta: ¿acabará todo esto conduciéndome a Dios o seré capaz de encontrar semejanzas indiscutibles entre mis deseos y los calcetines? Tal vez no encuentre disimilitudes perceptibles entre lo que se me ofrece en esta vida. En la vida. Entre la soledad y la compañía (es un ejemplo). Claro que plantearme los problemas en absoluto me conduce al final a esto, como diría A., y ése es “El gran problema”.

La cerveza sabe tibia, como el café tibio o la leche tibia. Digo fo, y hago a la vez un gesto de repudio, apartando el vaso. Quizá la clave de todo esté en una innata falta de talento para aceptar las cosas tibias. La media temperatura, el gris de siempre, ¡fo! ¿Y todo lo gris que hay-en-mí? Hago un repaso somero de mi convencionalidad (mejor no adentrarme, que hace frío), de mi finitud. Entonces, me tropiezo con todos los sinónimos castellanos de monotonía, por ejemplo.

Pero, dime, dios de todas las respuestas: ¿cuál es el mecanismo que me lleva a pasar en un nanosegundo de la dicha a la melancolía? Ahora sí que te he sorprendido en fuera de juego, ¿a que no te esperabas ésta? Sé que no tienes respuesta para mí, I Know.

Me encontré al filo del día, rodeada de meñiques y señales, y me quedé mirando pero nada cambió. Los meñiques, simétricos, siguieron en sus manos, y yo en esta ventana

 

No sé explicarlo bien. Una acidez precisa en el centro de la lengua, la sien perforada por un clavo minúsculo, el sol pegado a los cristales de los automóviles, un azote como el de la lluvia de ayer tarde, la gente hablando y decidiendo todo lo importante, los perros negros, el verde amarillento de las sombras, la música, los cristales, un individuo con cara de damero que no encuentra lo que está buscando (un diario en la derecha, un teléfono en la otra y un sudor que se precipita por su frente sin nacer de sitio alguno: tal vez el delta debió llamarse alfa), y yo sin ver a nadie, sin importarme nadie, y el vaso de cerveza con su culo caliente y casi rubio (¡ay, C.!).

El profesor, detrás de su mirada negra, con su barba y más de cincuenta, camina errabundo, con el sol sobre los hombros y sobre su poco pelo blanco. Una mujer de rosa, pero vieja, de la que tira un chucho entristecido. Y se me viene abajo toda la belleza del mundo porque los noticieros y los coroneles han decidido borrar cualquier desemejanza. Así que ya estamos aquí, ya hemos llegado. Nos encontramos en la víspera de alguno de los finales importantes. Eso se huele. Estamos en pleno final de los que llevan a comenzar otra vuelta, una vuelta más. Y es que nos aplana la media, nos aprieta la mass. Mass media unificadora, diosa de todos, Prometea. ¿Qué cielo nos aguarda, oh, tremenda?

Su forma de levantar el vaso es elegante, elástica. (¿Y ahora qué? Usa que te usa los mismos recursos. Te estás ahogando, I Know.) El hecho de querer retener los momentos de felicidad me tortura, me genera ansiedad. Ya no vivo porque sí. Veo uno de esos instantes y procuro secuestrarlo. Una teoría: dentro de cada reloj vive todo el tiempo y viven todos los momentos de felicidad. Insidiosos —¿no es cierto?—, todos los segundos. Las cosas sucediendo. Quisiera detener todos los relojes algún día, pero no hoy que estoy tan triste.


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